Nos pusimos las botas altas y los impermeables y nos adentramos por un sendero barroso. A ambos lados, plantas, árboles, arbustos, lianas y más plantas. La Amazonía ecuatoriana es una selva de montaña y el camino, lleno de subidas, bajadas era trabajoso. Había hecho bien en no llevar la Canon , un peso adicional para saltar obstáculos.
Al rato de caminar, nos detuvimos. A través de la fila me llegó una bolita de barro. La examiné y sin encontrarle nada en particular, la tiré. Minutos después vuelve a llegarme otra por lo que pregunté al guía para qué era eso. Para ponértelo en la cara, me respondió. ¿Qué? El barro amazónico tiene propiedades humectantes, de protección solar y aleja a los insectos, dijo. Yo ya me había puesto mi crema Eucerin, el repelente con DEET que me recomendó el infectólogo y la pantalla 50 de La Roche, así preferí pasar de la experiencia. Mis compañeros veinteañeros se entusiasmaron con la idea y se embadurnaron la cara.
Al rato, nueva detención. La propuesta era tomar la hoja de un helecho, sacarle todas las hojas de un lado y usar el resto para armar una vincha vegetal que hiciera juego con el barro de la cara y la tintura roja que les habían puesto en la cabaña de la comunidad. También pasé de este nuevo aditamento.
Finalmente llegamos a una cascada paradisíaca. Me sentí metida en una película (o un documental de Nat Geo). Esos lugares existían realmente. Mis compañeros, que llevaban traje de baño, se zambulleron. La que me vendió el tour se le había olvidado el detalle, así que me contenté con mirar mientras la bruma de gotas me salpicaba. Fue un momento mágico.
Al regreso pasamos por un mirador

























